Entrevista · Rocha

Tres generaciones de loberos en Cabo Polonio

Una familia que convive con los lobos marinos desde antes de que el turismo existiera allí nos abrió su casa.

Costa de Cabo Polonio con lobos marinos sobre rocas al atardecer

Cabo Polonio no tiene electricidad de red, no tiene caminos asfaltados y, en temporada alta, recibe miles de visitantes que llegan en camiones 4x4 desde la ruta. Lo que la mayoría de esos visitantes no ve es que hay familias que llevan décadas viviendo allí de forma permanente, en casas que construyeron con sus manos y que mantienen en pie contra el viento del sur y la arena que lo filtra todo.

La familia Rodríguez — Ernesto, su hija Marta y los tres hijos de Marta — es una de las más antiguas del Cabo. Ernesto llegó a los veintidós años desde Castillos para trabajar como lobero, término que aquí designa a quien cuida y observa las colonias de lobos marinos en la zona. En aquel tiempo, la tarea tenía una dimensión casi científica: llevar registros de poblaciones, detectar animales enfermos, colaborar con las autoridades ambientales. Hoy Ernesto tiene setenta y un años y sigue haciendo rondas matinales por las rocas, aunque ya sin el mismo paso de antes. Marta retomó la tarea hace doce años, cuando la salud de su padre empezó a flaquear.

Nos recibieron en su casa — paredes de madera, techo de chapa, una mesa larga y una cocina con olor a guiso — un martes de otoño en que el cabo estaba vacío de turistas. Hablamos durante cuatro horas. Lo que sigue es una síntesis honesta de lo que nos contaron: cómo cambió el Cabo con el turismo masivo, qué piensan del debate sobre restringir el acceso, y por qué ninguno de ellos consideraría vivir en otro lugar. Sus palabras, en algunos casos, son incómodas para quienes creemos que el turismo siempre es bueno. Las dejamos sin suavizar.